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El lento avance de las reformas económicas de Raúl Castro

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“Mejor que antes, pero aún muy lejos del futuro”. La sentencia grafica el moderado optimismo que percibe Armando con el proceso de reformas que ha impulsado Raúl Castro desde 2008, que ha abierto algunas posibilidades económicas a una parte de la población cubana para trabajar en actividades independientes. Precisamente, gracias a esos cambios Armando tiene auto propio, que lo trabaja como taxi, acomoda sus horarios, gana en moneda convertible, el CUC, con lo que mantiene a su familia y puede planificar su futuro.

Pero no es algo que necesariamente él buscó. Armando es un ingeniero industrial, que hace cinco años trabajaba como director corporativo en firmas mixtas del área alimentaria. Estaba al frente de las mayores responsabilidades y cumplía las metas de producción con creces, trabajo que era reconocido, tanto por sus superiores cubanos como por los inversionistas extranjeros. Incluso muchas veces por sus obligaciones tenía que tratar con viceministros y ministros.

Pero por un problema ajeno a su control, fue sancionado y, desmotivado, presentó su renuncia. Era 2010, cuando el gobierno anunció la ampliación de las actividades de empleo por cuenta propia, a la par que la reducción de las “abultadas” plantillas de empleados estatales.

Fue entonces que Armando estableció una sociedad tácita con un amigo que había podido adquirir un “almendrón”, un auto antiguo norteamericano de antes del triunfo de la Revolución en 1959, y empezó a manejarlo para el traslado de pasajeros. Pero al año siguiente, en septiembre de 2011, se abrió una nueva posibilidad: se autorizó la compra-venta de automóviles entre particulares, con lo que Armando se animó a adquirir el auto de su madre, un Lada de 1986. Entonces, con un vehículo propio, comenzó a trabajarlo como taxi.

Así hasta ahora, gracias a lo cual ahora gana más (en CUC) que cuando era un alto ejecutivo de una empresa mixta (en pesos cubanos). Eso mientras su esposa, pese a ser una anestesista especializada, recibe un sueldo que poco sirve para el sustento familiar, que incluye a dos niños de cuatro y 12 años. Claro, para Armando las cosas han ido relativamente bien, pero sostiene que hasta ahora los cambios benefician a un porcentaje demasiado reducido de la población cubana -a aquellos que tienen algo de dinero para empezar un negocio propio- y que todavía “la pirámide sigue invertida, donde el portero gana más que el médico”.

De cualquier manera, las reformas de Raúl Castro, que incluyen la entrega de tierras ociosas a cooperativas de campesinos, la ampliación de los rubros en que las personas pueden abrir sus negocios particulares, la autorización para la compra de viviendas entre particulares, la luz verde a los créditos bancarios al sector privado o una nueva ley tributaria que rebajó los impuestos de los llamados “cuentapropistas”, han abierto una nueva era, que aunque a una velocidad muy lenta y menos perceptible en el interior del país, ya se palpa en las calles de La Habana.

Hace unos 15 años, uno de los pocos negocios privados que eran tolerados, eran los llamados “paladares”, los restaurantes familiares que en ese entonces debían funcionar con pocas mesas  y mucha discreción. Hoy los restaurantes privados se han multiplicado por la ciudad, muchos de ellos por el barrio El Vedado, aunque uno de los más exclusivos, La Guarida, está instalado en Centro Habana, en el cuarto piso del mismo edificio donde se rodó la película Fresa y Chocolate, de Tomás Gutiérrez Alea.

Pero en cada cuadra, incluso en barrios populares, hay casas dedicadas a alojar turistas extranjeros, y las cafeterías, peluquerías y florerías privadas conviven cada vez más con los negocios estatales, como los comercios agropecuarios o “agros”, las panaderías y las unidades de comercio o “bodegas”, donde aún funcionan con tarjetas de racionamiento. Y detrás de esos emprendimientos particulares hay todo tipo de personas, desde médicos, ingenieros, profesores y cineastas hasta jubilados, ex operarios de fábricas, dueñas de casa y antiguos altos funcionarios del Estado. Todo gracias a que ahora hay menos trabas, un reglamento menos restrictivo y se ha reducido la carga de impuestos.

Basta caminar un poco por alguna calle o avenida habanera para ver el efecto de las reformas. Muchas casas tienen carteles escritos a mano que dicen “vendo o permuto”. En cada cuadra hay una vivienda en reparaciones, posiblemente para instalar un nuevo negocio. Un poco más allá se ofrecen “clases de inglés, martes y jueves” y, a la vuelta de la esquina, una curiosa mezcla: “E.J. Cerrajería de autos & reparación de cremalleras”.

Fuente: LATERCERA.CL

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