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OPINIÓN

La Calidad en la Educación Superior. ( por Dr. José Ernesto Ríos Aguilera, Académico, Universidad Central La Serena )

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Es bastante frecuente leer o escuchar que es necesario mejorar la calidad en la enseñanza universitaria. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones, no se aclara en qué consiste esa calidad, convirtiéndose la frase en un eslogan vacío de significado.

La calidad es un concepto multivariable o multidimensional. El grado de calidad de un objeto es el resultado del comportamiento de un conjunto de variables, no es suficiente con que una o algunas de ellas estén bien.

El Diccionario de la Lengua Española se refiere a la calidad como la “propiedad o conjunto de propiedades inherentes a una cosa, que permiten apreciarla como igual, mejor o peor que las restantes de su especie”. Esta definición implica una valoración y un posicionamiento en una escala que va de lo malo a lo bueno.

Aplicar el concepto de calidad a una universidad y los elementos que la conforman es ciertamente complicado. Hay personas que piensan que la calidad de la educación universitaria está directamente relacionada con la magnitud de las instalaciones de la institución, grandes edificios, campus con amplias zonas de esparcimiento, etc. Otras personas piensan que la calidad de la educación universitaria está basada en el número de horas que un alumno asiste a clase, estableciendo una proporción directa entre la cantidad de horas asistida y la calidad de la educación recibida.

¿En qué consiste una “buena investigación” o una investigación de calidad? En la tradición de la universidad humboldtiana, en Alemania, se afirma que una investigación de calidad es aquella que contribuye al avance del conocimiento. En culturas más utilitaria, en la educación superior, se piensa que la calidad de la investigación es aquella pertinente o útil para el desarrollo de la sociedad (Brunner, 1997).

Es difícil definir la calidad en la educación superior, por cuanto está conformada por una diversidad de variables, aunque no cabe duda que la calidad del profesor es uno de los elementos determinantes de la calidad global de la educación superior.

 

Dr. José Ernesto Ríos Aguilera

Académico

Universidad Central La Serena

 

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OPINIÓN

“Una escuela sin reflexión pedagógica, no existe” Por Carlos Guajardo (Académico Facultad de Educación, U.Central)

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Una de las profesiones que resultan ser altamente valoradas por la ciudadanía, es la relacionada con el ser profesor/a. La labor que hoy cumplen nuestros docentes, ya no es la misma que acontecía hace algunas décadas. Una sociedad compleja como la actual, representa una serie de factores que inciden directamente en el rol que a diario se ejerce desde la escuela: estudiantes con un importante acervo informativo gracias al uso de internet; padres y apoderados que trabajan todo el día, la incidencia de los medios televisivos y las redes sociales, todos ellos son elementos que obligan a nuestros docentes a replantearse la acción pedagógica al interior del aula de clases.

Si nuestro país anhela formar individuos que posean altas competencias para desenvolverse en una sociedad tan exigente como la actual, es urgente que la educación formal que se manifiesta desde el nivel preescolar hasta la educación superior, contribuya a modificar los paradigmas clásicos de hacer pedagogía, y comience una etapa de renovación donde se establezca un vínculo directo para la acción de la enseñanza – aprendizaje.

Para ello, es necesario que nuestras salas de clases aborden prácticas pedagógicas tales como: mayor trabajo colaborativo entre profesores/as, donde se comience a valorar un enfoque interdisciplinario de las clases y abandonar la fragmentación de las asignaturas; valorización de los estudiantes a partir de sus saberes previos que éstos traen desde el hogar y su ambiente social; favorecer estrategias evaluativas de carácter formativo, donde la evaluación deje de ser un ‘arma coercitiva’ que está en manos del profesor/a y se convierta en una auténtica instancia de aprendizaje; mayor acercamiento de los padres y apoderados hacia la escuela; sacar a los estudiantes de la escuela, brindando salidas pedagógicas (museos, plazas, barrios, empresas, etc.) que efectivamente impacten en el  proceso de enseñanza – aprendizaje; apoyo hacia los docentes, en cuanto al manejo conductual y emocional. Acciones como estas, permiten una mayor reflexión, en el rol de educador/a, independiente del nivel educativo sobre el cual se desempeñe.

Los estudiantes de hoy, no son los mismos de antes y exigen un mayor involucramiento frente a su desempeño como aprendices del siglo XXI. Ahora bien, ninguna reflexión pedagógica se puede concretizar en la escuela si no existe un fuerte liderazgo desde los equipos directivos e incluso sostenedores de cada contexto escolar. Son ellos, quienes deben dar el primer paso para motivar a sus educadores, así como, destinar los recursos necesarios para enfrentar prácticas pedagógicas actualizadas y las cuales sean representativas para motivar el trabajo de docentes y estudiantes.

El que se brinden espacios de reflexión pedagógica al interior de los colegios, depende en gran parte de la voluntad de los integrantes de la comunidad educativa, solo así se podrán transformar las prácticas atribuibles a una enseñanza y aprendizaje doctrinal.

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