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OPINIÓN

“Ley de Etiquetado de Alimentos 2.0” Por Jorge Peña (Director Escuela de Nutrición y Dietética U. Central)

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El pasado miércoles 27 de junio comenzó a regir la segunda etapa de la Ley de Etiquetado de Alimentos que, según lo estipulado, aumentó las exigencias nutritivas de los envasados. Así, por ejemplo, los envasados sólidos deberán llevar el sello negro distintivo cuando cada 100 gramos superen las 300 kcal, 500 mg de sodio, 15 gr de azúcar y 5 de grasa; versus los anteriores límites de 350 kcal, 800 mg de sodio, 22, 5 gramos de azúcar y 6 de grasa saturada. No obstante, más que una amenaza para la industria alimentaria, esto debiera transformarse en una oportunidad para reformular sus productos y generar alimentos más saludables.

Según estimaciones del Ministerio de Salud, con la nueva normativa un 10% de los productos que hoy están sin sellos de advertencia deberán incorporarlos, impactando su ingreso a colegios y la posibilidad de realizar promoción infantil. De este modo, se prevé que la población chilena, que ya ha asimilado la incorporación de los sellos de advertencia en sus decisiones de compra, podrá ir acostumbrándose al aumento de la exigencia de esta normativa, cuya etapa tercera y final se espera para 2019.

Considerando que cerca del 75% de los chilenos presenta un exceso de peso y que un 31,2 % corresponde a obesidad, la segunda etapa de esta ley es una medida que viene a contribuir a superar, a largo plazo, este problema de salud pública, que trae asociadas una serie de patologías crónicas que implican un alto costo, tanto para el sistema de salud, como para las propias personas que las sufren y sus familias.

Es por ello que la esperanza está cifrada en que los hoy niños y niñas adquieran consciencia sobre esta problemática y aprendan a alimentarse adecuadamente, a través de programas permanentes durante todo el proceso educativo, desde la etapa preescolar hasta la educación media y universitaria.

Aspectos muy importantes de esta ley son las limitaciones en la publicidad de productos con sellos de advertencia a menores de 14 años, las restricciones de su venta en los colegios y el rotulado en pantalla indicando preferir alimentos sin sellos.

Así, esperamos que muchos cambios ocurran en la preferencia de alimentos envasados, teniendo claro que los consumidores ya están castigando el consumo de chocolates, snack salados, golosinas y confituras.

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OPINIÓN

“Una escuela sin reflexión pedagógica, no existe” Por Carlos Guajardo (Académico Facultad de Educación, U.Central)

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Una de las profesiones que resultan ser altamente valoradas por la ciudadanía, es la relacionada con el ser profesor/a. La labor que hoy cumplen nuestros docentes, ya no es la misma que acontecía hace algunas décadas. Una sociedad compleja como la actual, representa una serie de factores que inciden directamente en el rol que a diario se ejerce desde la escuela: estudiantes con un importante acervo informativo gracias al uso de internet; padres y apoderados que trabajan todo el día, la incidencia de los medios televisivos y las redes sociales, todos ellos son elementos que obligan a nuestros docentes a replantearse la acción pedagógica al interior del aula de clases.

Si nuestro país anhela formar individuos que posean altas competencias para desenvolverse en una sociedad tan exigente como la actual, es urgente que la educación formal que se manifiesta desde el nivel preescolar hasta la educación superior, contribuya a modificar los paradigmas clásicos de hacer pedagogía, y comience una etapa de renovación donde se establezca un vínculo directo para la acción de la enseñanza – aprendizaje.

Para ello, es necesario que nuestras salas de clases aborden prácticas pedagógicas tales como: mayor trabajo colaborativo entre profesores/as, donde se comience a valorar un enfoque interdisciplinario de las clases y abandonar la fragmentación de las asignaturas; valorización de los estudiantes a partir de sus saberes previos que éstos traen desde el hogar y su ambiente social; favorecer estrategias evaluativas de carácter formativo, donde la evaluación deje de ser un ‘arma coercitiva’ que está en manos del profesor/a y se convierta en una auténtica instancia de aprendizaje; mayor acercamiento de los padres y apoderados hacia la escuela; sacar a los estudiantes de la escuela, brindando salidas pedagógicas (museos, plazas, barrios, empresas, etc.) que efectivamente impacten en el  proceso de enseñanza – aprendizaje; apoyo hacia los docentes, en cuanto al manejo conductual y emocional. Acciones como estas, permiten una mayor reflexión, en el rol de educador/a, independiente del nivel educativo sobre el cual se desempeñe.

Los estudiantes de hoy, no son los mismos de antes y exigen un mayor involucramiento frente a su desempeño como aprendices del siglo XXI. Ahora bien, ninguna reflexión pedagógica se puede concretizar en la escuela si no existe un fuerte liderazgo desde los equipos directivos e incluso sostenedores de cada contexto escolar. Son ellos, quienes deben dar el primer paso para motivar a sus educadores, así como, destinar los recursos necesarios para enfrentar prácticas pedagógicas actualizadas y las cuales sean representativas para motivar el trabajo de docentes y estudiantes.

El que se brinden espacios de reflexión pedagógica al interior de los colegios, depende en gran parte de la voluntad de los integrantes de la comunidad educativa, solo así se podrán transformar las prácticas atribuibles a una enseñanza y aprendizaje doctrinal.

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