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OPINIÓN

“Instinto de huida” Por Elías Úbeda Greig, psicólogo Clínico y Forense

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En el mundo de hoy hemos atrofiado el instinto de huida. Esto se traduce en una menor respuesta de autoprotección. Nuestra sociedad nos bombardea con mensajes que nos obligan a la valentía, a ser fuertes, a enfrentar todas y cada una de las situaciones que se nos presentan, pero en muchos casos lo que necesitamos es huir: huir de una relación tóxica, huir de un trabajo que nos daña, huir de un compromiso o una imposición. Este instinto atrofiado es un gran determinante de la violencia intrafamiliar, de los actos de violencia sexual, y de muchos otros; ya que en muchos casos su percepción le dijo que debía alejarse de personas o situaciones, pero usted no oyó a su instinto; o por otra parte, cuando comenzaron estas relaciones abusivas no huyó según lo que esta señal arcaica de protección le obligaba. La presa no puede paralizarse, no puede permanecer en el lugar para seguir siendo herida, usted debe huir, gritar, denunciar, salir de una vez por todas de esa situación o relación que le aqueja, ya que en ocasiones la mejor forma de protegerse no es luchar, no es intentar ser fuerte, no es soportar sino simplemente huir.

Hacemos una invitación a todos y todas quienes se encuentran en esta situación para que oigan su instinto de huida, griten, pataleen, corran, le cuenten a alguien lo que ocurre, y denuncien; esa es la puerta de entrada a la verdadera solución.

 

 

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OPINIÓN

“Las mujeres marchan: 8m” Por Elías Úbeda Greig, psicólogo Clínico y Forense

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Las mujeres nos muestran otro paisaje, donde la pasión se vuelca a las calles, un eco de la especie. Salen a reclamar sus derechos, a romper los mitos, a derramar el arte por las calles donde marchan. Los árboles, edificios, se abren a su paso, pero mejor aun las consciencias. Es el mar rojo que se abre, para que los pueblos se miren distinto, se reconozcan a través de los símbolos de la igualdad.

Ninguna lucha es contra el hombre sino contra el asesino, el guanaco que escupe fragmentos, que hace daño, que da cuenta de nuestra más desnuda debilidad.

Las mujeres salen a la calle, gritan, se llenan de arrebatos, porque están cansadas del naufragio, de ser golpeadas por lo que dañinamente tildamos de amor.

Las marchas dejaron hace tiempo los uniformes, las botas, los tambores, para ser expresión del pueblo, hoy un pueblo femenino que revienta nuestras cabezas para hacer brotar una nueva semilla. Entonces, estamos invitados a reconstruir el árbol del encéfalo, a sumarnos a esta causa que es de todos y todas, a una nueva causa por la paz.

El dolor y la felicidad son dos caras de un mismo espejo, la Divina Comedia, la promesa del jardín de la felicidad. Ha de cumplirse para todos y todas sin distinción de género, edades o razas; pero el grito y la marcha de las mujeres se transforma en un pájaro que sale volando desde la boca y que con un nuevo canto nos dice que soñamos mal, que la realidad que construimos era aún más imperfecta.

Por eso los hombres tenemos el deber de sumarnos, entendiendo que este combate no es contra nadie, donde no cabe la palabra odio ni venganza, hacer de esta voz su propia voz, para la hora en que hacemos el pan, besamos a nuestros hijos o soñamos. Entonces, la sociedad perfecta que no existe se nos aproxima, despunta en el oriente un caminar distinto donde seamos capaces de tomarnos las manos, de recitarnos un poema al oído, donde podamos escucharnos.

Hoy las profetas avizoran el nuevo amor para todos, sacerdotisas, sabias, profundas y absolutas. Porque esto no es de un solo hombre, de una sola mujer, sino de todos los humanos.

En estas líneas nos sentimos invitados a renovar los abrazos, a partir nuestras mentes como una fruta que cae, a ser la manzana de Newton, a dejarnos sorprender por nuestras sobrevivientes que todo lo revuelven para reinventar la igualdad social y del amor.

 

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No matemos al mensajero. ( por Rodrigo Rojas Veas. Rector Santo Tomás Copiapó)

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Esta semana la Fundación Súmate del Hogar de cristo dio a conocer un estudio cuya principal y preocupante conclusión fue que un 8,9% de los niños, niñas y jóvenes en edad escolar, entre los 6 y 21 años, una cantidad de 358 mil personas, no estudiaba en 2017. Esta cifra provocó la preocupación de los medios, las autoridades y expertos por lo que implica y porque presenta notables diferencias con los datos de la encuesta Casen 2017, que muestra una cantidad menor de población desescolarizada, una cifra de 138.572 personas. En nuestra Región de Atacama la cifra sería de 6.437 niños y jóvenes que estarían fuera del sistema escolar, una cantidad importante considerando nuestra realidad demográfica. Por otra parte, se singularizan otras características de la población que queda al margen del sistema escolar. Según edad, el 70,5% de los jóvenes excluidos se encuentra en un rango entre los 18 y los 21 años, el porcentaje mayor corresponde a hombres, con un 57,1%, un 11 % corresponde a migrantes y un 12% a pueblos originarios. Malas noticias, sin lugar a dudas. En las últimas décadas nuestro país mostraba con orgullo sus indicadores de cobertura escolar, los que alcanzaban tasas de países desarrollados. Teníamos (y tenemos) la convicción de que nuestro desafío era (y es) la calidad, ámbito en que todos concordamos estamos al debe pues los esfuerzos se han concentrado en el marco regulatorio y en lo financiero del sistema educacional. Por tanto, los resultados de este estudio vienen a mostrar un retraso en aquello que considerábamos resuelto, vale decir la cobertura. Desde organismos públicos se enfatizó en que el estudio presenta problemas metodológicos en el uso de los registros administrativos del Ministerio de Educación, lo que le restaría validez a sus resultados. Más allá de la discusión metodológica, el estudio tiene el gran mérito de visibilizar una realidad, que corre el riesgo de quedar olvidada e identificar cinco “trayectorias de exclusión”: la vulneración de derechos, con experiencias de violencia y maltrato, el abandono parcial de los tutores, variables familiares de poco interés, problemas intraescolares, como relaciones conflictivas con los docentes o bullying y las posibilidades de reescolarización.

A partir de esta realidad y más allá de sus cifras, la pregunta a responder es ¿que estamos haciendo y que vamos a hacer para reescolarizar a esos niños y jóvenes? Esa es la obligación de la Sociedad y del Estado.

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“Esperanza para los niños y jóvenes excluidos” Por Liliana Cortés, directora de Fundación Súmate

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“Ha llegado carta” es un juego del que me acordé cuando supe que en enero había llegado un oficio de la ministra Marcela Cubillos al Consejo Nacional de Educación, apelando a crear y aprobar “una nueva modalidad educativa denominada de reingreso”.

Quienes conocemos la realidad de los miles de niños y jóvenes excluidos del sistema escolar, sabemos que afecta a los más vulnerables, lo que genera una espiral de desventajas en el futuro. Aunque este grupo desescolarizado no marcha, resolver su situación de exclusión debería ser prioridad no sólo para los que creemos en un Chile más justo, sino para los que con sentido práctico ven que en muchos de ellos laten el resentimiento, la frustración, la carencia económica, el consumo, la violencia. No nos espantemos luego con que los protagonistas de los famosos “portonazos” sean cada vez más jóvenes, que haya delincuencia cada vez más precoz. No se trata de criminalizar a los chicos que el sistema trata injustamente de “desertores” como si dejaran de estudiar por gusto, pero señalar esta realidad puede convencer a los más reactivos a ayudar a esta infancia y juventud  vulneradas.

Hogar de Cristo, a través de fundación Súmate, tiene 5 escuelas de reingreso y programas de apoyo territorial en las regiones, y somos parte de la Red de Trayectorias Educativas, que agrupa a otros que trabajan en el tema. En total, hay 12 establecimientos en todo Chile, por lo que la brecha de atención es abismal. Y los presupuestos otorgados se fueron reduciendo en los últimos años, a favor de otras demandas, como la educación gratuita.
Esta carta de la ministra expone los altos costos que tiene el abandono de la escuela para los excluidos y para toda la sociedad. Esperamos que las escuelas de reingreso sean consideradas como una nueva modalidad educativa, con un presupuesto acorde a la responsabilidad que Chile tiene con la infancia y la juventud más vulnerable.

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