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OPINIÓN

Cuando el orden de los factores altera el producto ( Catalina Maluk Abusleme, Directora  Escuela de Economía y Negocios, U.Central )

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Más allá del debate respecto de la conveniencia o no de rebajar la jornada laboral a 41 o 40 horas y cuánto incidiría en la productividad, conviene abrir la discusión para dejar de centrarnos en el trabajador como el único responsable de este indicador que, además, es tan esquivo para Chile.

La productividad es una consecuencia de varios factores y no solo de las personas, como se ha señalado en algunas oportunidades. Es lo que se conoce en economía, como la Productividad Total de Factores que incluye las mejoras o innovaciones tecnológicas, la eficiencia y, por cierto, la calidad de la mano de obra. Diferente es hablar de productividad solo como la mera relación entre insumo y producto final.

No es novedad que todos los índices de productividad del país, según los estándares de la OCDE, sean deficientes. En el ranking de esta organización de la que somos miembros, Chile, es el quinto país menos productivo y con la jornada laboral más extensa. En el otro lado, Alemania tiene la productividad más alta con la jornada laboral más corta.

Además, el porcentaje del PIB que destina Chile para la inversión en I+D es seis veces menor que el promedio de la OCDE (2,34%), es decir, la más baja del club.

La pregunta de fondo, tal vez, no debería circular en torno a trabajar menos, sino a trabajar mejor, es decir, en condiciones adecuadas y desde una mirada multidimensional, en la cual la reducción de la jornada laboral sea la consecuencia de un debate de fondo y con visión de futuro.

Así las cosas, vale la pena preguntarse qué pasa con la correlación de factores que esta vez, si parece alterar el producto.

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OPINIÓN

La élite chilena;  parlamento  y ejecutivo ( por Guillermo Cortés Lutz, Doctor en Historia, Grupo de Estudios de Atacama GEA )

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            Desde que nos independizamos de España, la aristocracia se fue transformando en  oligarquía, en la medida que fue integrando nuevos miembros, algunas veces por interés,  otras porque no tenía otra opción.             Las primeras instituciones republicanas, especialmente el parlamento, fue capturado por los ricos y poderosos, quienes definen que su funcionamiento y normalidad es indicativo de democracia. Con  las guerras civiles entre liberales y  conservadores, de la oligarquía  de la zona central, pasan a apropiarse del poder  Ejecutivo, todo ello bajo el marco sacrosanto de la  Constitución y la ley.  Fue así que el poder constituyente siempre fue de ellos, de la clase dominante,  definiendo  a su antojo  los derechos políticos de Chile y sus productos  fueron las Constituciones de 1812, 1818, 1823, 1826, y 1828. Después con el triunfo de Diego Portales y del militar  José Joaquín Prieto los conservadores dan forma a la Constitución hiper presidencial de 1833, ultra vigilante, católica y abusiva en cuanto favorece a Santiago, a los ricos y a los poderosos.  En todos estos constructos están las rancias familias oligarcas, excluyendo a  los demás chilenos y chilenas.  Por su parte existieron  luchas revolucionarias como la de los atacameños de 1859, quienes buscaban más participación de las provincias, cambio a la Constitución  y por primera vez  integración de otras capas de la sociedad,  pero esta revolución fue  coaptada  y posteriormente  vencida.  Estuvo también  la revolución de Balmaceda,  donde el Congreso chileno no solo se opondrá al presidente,   la traición y la contrarrevolución  de esas rancias familias, se oponían a que el pueblo chileno y el Estado progresaran y  de paso ellos se enriquecían.  Era el sempiterno y peligroso juego  de poder  de la élite, entre Ejecutivo y Legislativo.

Transcurrido el tiempo el sistema educacional del siglo XX, nos enseñó  y nos adoctrinó,   indicándonos que ellos eran familias bien, forjadores de la patria y del Estado, y pasaban del Congreso al Ejecutivo y viceversa,  esto apoyado por la historia clásica de Barros Arana,  Francisco Encina, de Jaime  Eyzaguirre. Pero, ya el devenir  de Chile y de su pueblo  vivían periodos de cambio, el rol de Luis Emilio Recabarren, de las mutuales  y los sindicatos, vienen a remover  la sociedad chilena, se organizan partidos políticos de corte obrero desde  1912.  El año 1925, Alessandri, el León de Tarapacá, pone en vigencia la Constitución democrática, pero nuevamente hiper presidencial, en algo se avanzaba. El año 1932, se nos viene la República Socialista con el copiapino Marmaduke Grove Vallejos y luego el Frente Popular con Pedro Aguirre Cerda, donde se acuñó  que Gobernar es Educar  y se tenía un Estado emprendedor  con la Corfo y la creación de empresas del estatales, allí estuvo el salto cualitativo de Chile. Pero, la élite, las grandes familias y las nuevas que accedían a ese grupo de privilegiados , estaban preparando nuevamente su asalto al poder. Con la llegada de la Unidad Popular, en septiembre de 1970,  hubo un gobierno  de corte profundamente  progresista,  donde se avizoró el desarrollo  y con ello la democracia económica, la participación política  y la justicia social, pero el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973, de inusitada violencia, pone fin  a todo atisbo de desarrollo, cayendo en la destrucción de la economía chilena,   se destruye la educación, la salud, la industria nacional,  la vivienda,  las pensiones, como la que le robaron a mi madre. Todo ello bajo el amparo de la espuria y poco democrática Constitución de 1980.   Las grandes familias, vuelven a la sombra  de las fuerzas armadas, primero solapadamente  y luego con absoluto descaro y desparpajo al poder y  desde allí son cómplices de  las violaciones a los derechos humanos  y de paso dan el zarpazo   para apropiarse del  patrimonio  económico  de Chile .  Amparados por la constitución y la ley. 

Con el retorno a la democracia, re aparecen las otras familias, las de centro y de izquierda, dispuestas a forjar ahora sus propias dinastías y a contarnos sobre el heroísmo de ellos y debimos escuchar de sus abuelas, de sus padres y de ellos y de sus vidas heroicas en el exilio,  las nuestras, las del pueblo y de los trabajadores,  no interesan.

 

 Nos hemos pasado la vida escuchando sus bodrios,  de los bueno de sus universidades,   incluso, algunos no nacieron en Chile, lo hicieron en Estados Unidos o se criaron en Europa,  y  sorprendentemente son nuestros representantes. Nos han contado de su vocación de servicio público y así algunos  han estado  hasta 24 años como parlamentarios o al amparo de los altos cargos de gobierno.

La decante élite chilena, ineficiente, rapaz, ególatra, soberbia, que ha transitado entre el ejecutivo y el Congreso,  pero también en otras altas tribunas de exposición  públicas,  sin duda son un lastre para la clase media y el pueblo trabajador. No los necesitamos , no necesitamos su bazofia de  supuesta valentía,  ni su prosapia  heroica  familiar.  Hoy podríamos avanzar por un nuevo rumbo,  donde las mujeres, los pueblos originarios, los hijos de empleados públicos, de los empleados del retail o los pequeños mineros,  del pueblo exonerado, de  los  pescadores, las temporeras, las costureras, también podríamos   conducir a Chile y  tal vez después de tanta  audacia cretina de la oligarquía,  es seguro  que  lo conduciríamos   por un mejor camino.  

 

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OPINIÓN

Que el hambre no se haga costumbre ( Por Carol Calderón, jefa de operación social de Hogar de Cristo en Atacama.)

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El dueño de un predio se acercó al capellán del Hogar de Cristo con un cheque y le dijo: «Tome, padre, para sus obras». El sacerdote lo miró y le respondió: “Muchas gracias, pero disculpe si antes de recibirlo le hago unas preguntas: en su campo, ¿tiene trabajadores?”, “¿y ellos tienen casa?”, “y en esas casas ¿hay luz eléctrica?”, “¿tienen piso o suelo de tierra?”, “¿y habrá alcantarillado?”.

El hombre no supo qué responder.

«Hagamos una cosa», le respondió el capellán: “Vaya con este cheque y haga todas las cosas que les debe a sus trabajadores. Estas que conversamos y las que falten. Después, si le queda algo para donar me lo trae para el Hogar de Cristo».

El capellán de esta historia era el padre Hurtado. Quien hoy, en el Mes de la Solidaridad y aún más en un 2020 que nos ha demostrado la precariedad de nuestro sistema de protección social, nos inspira más que nunca. Él fue un activista social que supo distinguir entre la conciencia de la justicia y los esmeros de la caridad.

¿Cómo ayudamos  a las personas con más hambre que deben recurrir a las ollas comunes? Con todo, habría que responder. Jugándonos por ellos, pero haciendo además todo los esfuerzos necesarios para que resolvamos pronto y en serio la hambruna que está provocando la pandemia con un plan de alimentación que vaya mucho más allá de la repartición de cajas de alimentos o el apoyo a la olla común.

Agosto es el Mes de la Solidaridad y lo es en homenaje a Alberto Hurtado, quien murió el 18 de agosto de 1952, dejando como legado eso que algunos llaman su milagro cotidiano: el Hogar de Cristo.

Lo suyo fue pura organización social y sensibilización solidaria. Lo suyo hoy sería cuidar a esos que por su condición corren peligro de contagiarse y morir; alentar las ollas comunes que son la solución para esa guata vacía que duele de hambre; y levantar la voz para trabajar en respuestas sólidas, multisectoriales para afrontar la pobreza que viene. Lo suyo hoy sería trabajar para que los 4.500 adultos mayores, hombres y mujeres con discapacidad mental y personas en situación de calle que están en cuarentena en residencias, hospederías y casas de acogida del Hogar de Cristo no sucumban al virus, lo mismo que los 30 mil que se atienden de manera ambulatoria. Y para ello pediría, como siempre, dar hasta que duela, porque eso es solidaridad y compromiso.

 

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Arquitectura 2021 ( Uwe Rohwedder, Académico escuela de Arquitectura y Paisaje, UCEN )

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Una enorme tarea tenemos por delante, la espera ya no tiene cabida y debemos encontrar soluciones sustentables en lo social y ambiental.

Como mejorar el trato, las confianzas sin perder los talentos para buscar propuestas a muchas preguntas y demandas que aun, un poco solapadas por la pandemia, volverán a ocupar nuestro quehacer. Ello nos entrega la enorme responsabilidad de revisar como enseñamos arquitectura, como reenfocar su rol social y toda su fuerza creadora o innovadora para proponer diseños participativos que puedan visualizar mejores formas de habitar en el futuro.

Seguramente creer en la naturaleza y agregar que la industria sin arte es brutal, que los hechos arquitectónicos nos acompañan todos los días, en nuestro ser cotidiano fortalece la necesidad de revisar y cambiar el puro diseño hacia un rol más político y participativo.

La crisis ecológica, la perdida de biodiversidad y la desesperanza deben acuñar un camino diferente que permita regenerar y visualizar una imagen de espacios existenciales más acogedores, humanizar el paisaje de nuestras ciudades y equilibrar con espacios comunes de encuentro, de juegos para los niños y viviendas que respondan a cuidar la salud y desarrollar los sentidos y valores que acordemos, nos permitan ese vivir digno. Acuerdos transversales que partan por refundar el valor del suelo y una arquitectura de calidad, como un derecho constitucional.

Cada proyecto, cada casa debiera ser un acto de amor de manera que la emoción de recibir una nueva vivienda permanezca en el tiempo, nos permita descansar y despertar llenos de esperanza.

 

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