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OPINIÓN

Reforma de pensiones: ¿Cuándo jubilar? Por Catalina Maluk Abusleme (Decana Facultad de Economía y Negocios, U. Central)

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Conocidas las medidas anunciadas por el Gobierno en torno a la reforma al sistema de pensiones, se anticipa una ardua discusión parlamentaria antes de su aprobación definitiva.

Si bien no toca el corazón del sistema ni se hace cargo de la impopularidad de las AFP, en lo grueso los anuncios parecen apuntar en la dirección correcta, toda vez que la iniciativa propuesta aumenta el aporte del empleador para las cotizaciones de los trabajadores, refuerza el pilar solidario, crea bonos especiales para la mujer y la clase media, y estimula, mediante incentivos, la permanencia de adultos mayores en el mercado laboral.

En este último punto, hay una discusión de fondo que no hemos dado como país. ¿Está preparado el mercado laboral para absorber a adultos mayores que en plena capacidad física y mental quieran seguir trabajando?

Las expectativas de vida de los chilenos han aumentado considerablemente en las últimas décadas, lo que, dicho en simple, significa que los fondos previsionales deberán prorratearse por más años.

Como en Chile, no tenemos un sistema de seguridad social, hay muchos trabajadores que, aun cumpliendo con la edad para jubilar, permanecen en el mercado laboral.

Entonces, ¿por qué el proyecto no subió derechamente la edad de jubilación?

Desde luego que hacerlo, sería impopular, pero además requiere de un mayor análisis del mercado laboral a efectos de determinar a qué tipo y calidad de empleo accederían los adultos mayores. Postergar el retiro incrementaría las pensiones en un 8% por año, lo que ciertamente es un incentivo que podría resolver una parte del problema; la otra es ver de qué manera las empresas tomarán el desafío de mantener en sus filas, en cargos acorde a su experiencia, a quienes superen la edad de jubilación.

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«El después de la Pandemia en la docencia» Por Lucy Bugueño Guajardo, (Académica, U.Central Coquimbo)

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Hemos vuelto a la normalidad a un nuevo año presencial en la docencia. Este periodo ha permitido vislumbrar los resultados de estudiar durante la pandemia. En una investigación de campo, entre entrevistas y conversaciones durante el primer semestre, se logra apreciar que el conocimiento previo para algunas asignaturas ha sido al menos un 80% desfavorable, gran parte de los alumnos enuncia que “no aprendió nada» durante la pandemia. De alguna forma, las repetidas expresiones de desconocimiento hacen que el o la docente deba recurrir nivelar en las asignaturas más avanzadas, con la finalidad de poder cumplir los OA, y aunque ha sido un proceso desgastante, nos ha permitido como docentes visualizar algunas carencias que existen en la educación, desde el aprendizaje autónomo, hasta la motivación de estudiar desde el hogar.

Por una parte, en los alumnos de pregrado se presencia en cierta forma, la obligación de estudiar generada por sus padres o un adulto, pues el o la estudiante carece de motivación propia (es más bien una tarea impuesta). Mientras, los estudiantes más “adultos” muestran una responsabilidad mayor, lo que puede entenderse como la metamorfosis de un cambio de paradigma que les permite tomar control de sus decisiones.

También es importante considerar factores externos, por ejemplo, al estudiar desde casa – que se entiende como lugar de descanso – la simple definición de un lugar adecuado donde estudiar, es difícil, por lo que el no generar un ambiente correcto genera que los alumnos prefieren realizar actividades de ocio en un espacio prediseñado para ello. Por tanto, transformarlo en un lugar de estudio implica una transición más lenta.

Esto demuestra de alguna forma que los paradigmas de un sistema desactualizado en la educación siguen latentes hoy en día, y que el cambio que se interpuso durante la pandemia (no implica que no sea bueno) debemos promoverlo a nuestros niños desde pequeños, que los docentes somos un guía y aprender de manera independiente o autónoma es un camino largo, el cual deben transitar.

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Los árboles no dejan ver el bosque ( Rodrigo Rojas Veas, Rector Santo Tomás Copiapó )

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Estamos sumidos en un marasmo de situaciones contingentes de alta complejidad en materias como la economía y la seguridad que concentran de forma excluyente la atención y las energías de los decisores. De manera subyacente, se ha fraguado una crisis de magnitudes inconmensurables para el presente y el futuro en la Educación, la que intuíamos desde hace tiempo pero que fue siendo postergada en su análisis y su abordaje ante la premura de atender lo relacionado con la pandemia.

 

Esta semana conocimos el informe “Panorama social de América latina y el caribe” de la Cepal, la que advirtió que “la región atraviesa un complejo escenario con un impacto silencioso y devastador por la crisis educacional producto de la pandemia. El informe destaca que nuestra región sufrió el apagón educativo más prolongado a nivel internacional, en promedio 70 semanas de cierre de establecimientos frente a 41 semanas en el resto del mundo. En Chile, estudios indican que fuimos uno de los países del mundo que tuvo más tiempo cerradas sus escuelas. En promedio, se estima que perdimos un año escolar especialmente en la educación municipal.

 

Ante las urgencias, primero de la salud, hoy de la economía, la seguridad y al hecho de que no aparece como prioridad en ninguna encuesta, esta crisis educacional aparece como secundaria. Por tanto, para el mundo político que se afana en buscar acuerdos para una nueva constitución, y para distintas reformas, la Educación, salvo excepciones, no concita el interés para buscar un acuerdo social transversal como el que se necesita para hacerse cargo del daño presente y futuro que ya se evidencia para las nuevas generaciones. Carecemos de un diagnóstico que nos permita elaborar un plan que enfrente las consecuencias que ya se manifiestan en el aumento del ausentismo, las pérdidas de aprendizajes, la falta de habilidades para relacionarse socialmente, la disminución de la entrega de beneficios asistenciales como la alimentación y el aumento de la deserción, entre otras. Asimismo, se requiere que las familias asuman un rol preponderante tomando conciencia de la importancia de algo tan básico como llevar a sus hijos e hijas a los establecimientos de enseñanza parvularia, básica y media. De apoyarles en sus aprendizajes, de colaborar en recuperar la autoridad de los educadores, todo lo que debe complementar el aumento de recursos que se deberá proveer para la implementación de un plan de recuperación del sistema educacional como lo hizo Estados Unidos, que aumentó un 17% su presupuesto dedicado a la Educación.

 

Aumentar los recursos para la Educación es condición necesaria pero no suficiente. Se requiere el involucramiento de las familias, las instituciones públicas y privadas, los profesores y los propios estudiantes para recuperar, de manera sistémica y sistemática, el rol de la Educación como la columna vertebral de nuestra sociedad.

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«Pobreza: la peor de las violencias contra la mujer» Por Solange Veloso, (Hogar de Cristo)

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Hay tantas violencias distintas contra la mujer, pero no hay ninguna más feroz que la pobreza, porque involucra todas las demás.

De esas violencias, como directora de operación social territorial del Hogar de Cristo, conozco más de las que quisiera. A modo de tributo en el Día Internacional para Eliminar la Violencia contra la Mujer, quiero comentar algunas de ellas, que tienen cara y nombre. Pero antes explico el sentido de este conmemoración que este viernes 25 de noviembre marca el comienzo de la Campaña Únete de la ONU, la que abarca 16 días y culmina con el dedicado a los Derechos Humanos.

“La chica bomba”, Alejandra (48), vive en situación de calle desde la infancia. Su historia parece sacada de una novela de Nicomedes Guzmán. “Yo caí en las drogas, porque yo, señorita, fui abusada por mi propio hermano y quedé embarazada cuando tenía 11 años. Ahí nació mi primera hija, que fue criada por mi tía Sabina con quien nunca más tuve contacto”. Alejandra tuvo otros dos hijos y el día más feliz de su vida fue cuando conoció a uno de ellos, al que ha visto sólo dos veces. De su día a día, en calle, dice: “Quiero tener un baño digno donde poder bañarme como la gente, donde nadie la esté mirando a una, donde uno pueda defecar tranquila. Porque si no se ha dado cuenta, todos defecan por aquí”.

Si el caso de Alejandra impacta, el de Cecilia demuele. “No alcancé a salir, porque, cuando me iba a parar, él me tiró bencina encima. Y, al segundo, me prendió fuego. Fue porque no quise tener relaciones con él. Le dije que éramos sólo amigos, aunque  viviéramos en el mismo ruco. De ahí, no supe más de mí en seis meses”. Así recuerda esa fatídica noche de hace tres años. Cecilia (35) vivió durante diez años de forma intermitente en situación de calle, deambulando entre la casa de su mamá y la intemperie. Hoy está en una hospedería del Hogar de Cristo, tiene el 65% del cuerpo quemado, le amputaron tres dedos de una mano a causa de las quemaduras y espera a un tercer hijo al que piensa dar en adopción.

No existe manifestación más cruda de la pobreza que la vida en calle. Y en el caso de las mujeres esa realidad se amplifica en materia de vulneraciones, porque ser pobre, no contar con un techo, tener problemas de consumo, no saber leer ni escribir, venir de un país aún más pobre y ser mujer es lo que los estudiosos llaman “interseccionalidad”. Una suma de condiciones que profundizan la desigualdad y la violencia. Quizás recuerden a Joane Florvil, una migrante haitiana de 27 años, que murió porque nadie entendió por qué había dejado a su hijita, supuestamente abandonada. Fue injustamente acusada y murió de una crisis hepática, golpeándose contra las paredes de la celda donde la habían encerrado.

La violencia contra la mujer no es solo el golpe que le propina su pareja, o un agarrón en la micro, o la manipulación de un explotador sexual, es sobre todo la pobreza. Los invito a leer el estudio “Ser Niña en una Residencia de Protección en Chile”, que Hogar de Cristo publicó en 2021, porque describe a la perfección de qué hablo.

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