
“Vivir bien no es vivir cómodo, sino vivir despierto”. Miguel de Unamuno.
Hay ciudades donde la historia no se limita a ser recordada: se respira. Salamanca es una de ellas. Sus piedras, sus patios y sus silencios contienen la huella de quienes pensaron, dudaron y confrontaron su tiempo.
Llegué a Salamanca, España el año 1996 para realizar mis estudios e investigaciones conducentes al grado de Doctor en Historia. En ese proceso formativo, entre cursos y seminarios, profundicé en la vida y obra de Miguel de Unamuno. Comprendí entonces que no era solo un autor que había leído en enseñanza media, o un rector, sino una figura en la que parecían condensarse más de ochocientos años de tradición universitaria.
El seminario sobre Unamuno se dictaba en la antigua Casa Central de la Universidad, un edificio del siglo XV, espacio privilegiado para los doctorandos, situado a pasos de su casa, además de cercanía geográfica, también había vecindad simbólica: el pasado dialogaba constantemente con quienes intentábamos comprenderlo.
Se decía que Unamuno escribía con plumas de caña que él mismo cortaba en las riberas del río Tormes. Un gesto sencillo, que reflejaba a un intelectual profundamente comprometido en su entorno, pero también un intelectual que trabaja con sus manos.
Visitar su casa es un potente un ejercicio académico, además de una experiencia de museología critica. En ese espacio sobrio marcado por libros, se percibe la tensión dialéctica permanente entre pensamiento y acción que definió su vida.
Unamuno encarna una figura hoy cada vez más escasa: la del intelectual comprometido. No aquel que observa desde la distancia, sino quien asume el riesgo de intervenir en su tiempo, aun a costa de incomodar, incluso a los de su propio sector. Su gesto en 1936, en el recinto de la universidad, enfrentando a la dictadura de Francisco Franco, no fue un acto aislado, sino profundamente coherente con su trayectoria y, sobre todo, valiente. Cabe recordar que el general José Millán-Astray gritó como amenaza, “¡Muera la inteligencia!” en los salones universitarios. Es en ese momento donde emerge Miguel de Unamuno, profesor, humanista, rector, como un intelectual cuya vida estuvo marcada por una constante conciencia crítica, y le responde , «Vencer no es convencer y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio a la inteligencia crítica».
Desde una mirada historiográfica, esta experiencia reafirma que la historia no es solo acumulación de hechos, sino una herramienta para interpelar el presente.
Porque la historia no solo escribe sobre el pasado. También sirve para las decisiones que tomamos en el presente, y son herramientas para el futuro.
Guillermo Cortés Lutz
Doctor en Historia
Director Revista de Historia de Atacama
