
La historia de la humanidad nunca ha transcurrido al margen de la naturaleza. Desde los primeros grupos humanos hasta las sociedades contemporáneas, el clima ha influido en la disponibilidad de agua, la producción de alimentos, las migraciones, el surgimiento y la caída de civilizaciones. En consecuencia, no es posible comprender plenamente la historia humana sin incorporar la historia del clima. La historia climática del planeta no es una sucesión de hechos aislados, sino un proceso continuo que ha acompañado la evolución de la Tierra y de la humanidad. Sin embargo, el intenso sistema frontal que recientemente afectó a Chile, un temporal de origen frontal reforzado por un río atmosférico extremo extendiéndose desde la Región de Los Lagos hasta la Región de Atacama — 10 regiones, más de mil ochocientos kilómetros de territorio sometidos simultáneamente a lluvias, fuertes vientos y marejadas— nos invita a preguntarnos si estamos presenciando una nueva etapa en esa larga historia climática, y como afecta la vida de las personas.
El planeta Tierra ha experimentado profundas transformaciones climáticas mucho antes de la aparición del ser humano. Glaciaciones, períodos interglaciares, épocas de mayor pluviosidad y largos ciclos de aridez forman parte de una dinámica natural que se extiende por millones de años. Sin embargo, el período histórico reciente presenta una característica singular: la rapidez con que están ocurriendo los cambios. Durante milenios, las sociedades llegaron a reconocer cierta regularidad en el comportamiento de las estaciones. Primavera, verano, otoño e invierno marcaban los ritmos de la agricultura, de la vida económica y de la organización social. Esa estabilidad nunca fue absoluta, pero sí suficientemente constante para permitir el desarrollo y el progreso humano.
Hoy la percepción es distinta. Sequías prolongadas alternan con lluvias extraordinarias; olas de calor son seguidas por irrupciones de aire polar; tormentas de intensidad excepcional afectan territorios que históricamente no estaban acostumbrados a estos fenómenos. No se trata simplemente de un cambio en el tiempo atmosférico cotidiano, sino de una modificación de los patrones climáticos que caracterizan al planeta.
La evidencia científica indica que el actual calentamiento global, que algunos irresponsablemente niegan, responde principalmente a la acción antrópica. Desde la Revolución Industrial, el uso intensivo de combustibles fósiles, la deforestación y el crecimiento industrial han incrementado significativamente la concentración de gases de efecto invernadero, alterando el equilibrio energético de la atmósfera. Aunque el clima siempre ha cambiado, nunca en la historia conocida de la humanidad lo había hecho a la velocidad que observamos en la actualidad.
La avaricia del gran capital, de los ricos, no repara, ni se interesa en mantener respeto y equilibrio con la naturaleza, y de allí los resultados ya visible, como este actual frente, ejemplo preclaro de la estela de daño, que como siempre golpea a los más vulnerables.
Atacama constituye un ejemplo especialmente significativo. Una de las regiones más árida del planeta enfrenta hoy fenómenos que hace algunas décadas parecían excepcionales: lluvias intensas, activación de quebradas, aluviones, modificaciones en la disponibilidad de agua y una creciente incertidumbre respecto del comportamiento climático futuro. Estos acontecimientos obligan a repensar no solo la planificación territorial y la gestión del riesgo, sino también la propia historia regional desde una perspectiva ambiental.
Quizás los historiadores del futuro señalarán que el siglo XXI fue el momento en que la humanidad comprendió, o peor aún, que no comprendió que el clima no era simplemente un agregado menor, para el transcurso de la historia.
