Feijoo: éxito editorial, ideas de libertad y crítica (René David Navarro Albiña, Abogado, Doctor en Filosofía y Lógica, Director del Instituto de Estudios Hispanoamericano)

 

En los días finales de septiembre, o los primeros días de octubre del presente año 2026, se cumplen 300 años de la primera impresión de la monumental obra de Benito Feijoo, el Teatro Crítico Universal (1726). El Instituto de Estudios Hispanoamericano (www.institutohispanoamericano.cl) que lleva su nombre, quiere celebrar este tricentenario.

 

Benito Jerónimo Feijoo alcanzó un éxito editorial sin precedentes. Sus obras llegaron a vender, según las estimaciones de los especialistas, entre 400.000 y 500.000 ejemplares en hasta 1787. La cifra adquiere toda su magnitud cuando se recuerda que las tiradas ordinarias de los libros del siglo XVIII rara vez superaban los 1.000 o 1.500 ejemplares, y que cada nueva edición exigía recomponer manualmente los tipos, imprimir hoja por hoja en prensas de mano y afrontar el elevado coste del papel y de la distribución. La difusión de Feijoo fue, por ello, un fenómeno excepcional: ningún otro autor de habla hispana de su época consiguió una circulación comparable de una obra de pensamiento.

 

Para apreciar la magnitud, basta compararla con los 20.000 ejemplares que Candide alcanzó en Francia durante su primer año, los aproximadamente 9.000 de Werther en sus tres primeros años o las más de setenta ediciones de La Nouvelle Héloïse antes de 1800. Pero la comparación resulta aún más notable porque Feijoo no era un novelista: aquellos cientos de miles de ejemplares correspondían fundamentalmente a obras de crítica, ensayo y divulgación intelectual.

 

En el Teatro crítico universal y en las Cartas eruditas y curiosas, Feijoo formula la autonomía del juicio, la libertad de examen, la crítica del principio de autoridad, el sometimiento de las opiniones a la razón y la experiencia, la lucha contra el prejuicio, la superstición y la afirmación de la capacidad racional de los individuos. Su proyecto es, antes que político, una emancipación intelectual: enseñar al hombre a pensar por sí mismo.

 

La defensa feijoniana de la autonomía del juicio aparece ya en el primer discurso del Teatro crítico universal, titulado precisamente «Voz del pueblo». Feijoo rechaza que la verdad pueda determinarse por el número de quienes sostienen una opinión: «El valor de las opiniones se ha de computar por el peso, no por el número de las almas». Su crítica no se dirige simplemente contra el vulgo, sino contra la conversión de la opinión común en una autoridad capaz de «tiranizar el buen juicio». De ahí su exigencia de someter las creencias recibidas al examen racional y de no aceptar una opinión por su antigüedad, popularidad o autoridad: la verdad no se decide por mayoría, sino por la razón, la experiencia y la fuerza de los argumentos.

 

La importancia de Feijoo se comprende mejor si se lo sitúa en una tradición crítica propiamente hispánica que hunde sus raíces en Baltasar Gracián. En El Criticón, Gracián convierte la crítica en ejercicio permanente de discernimiento: mirar detrás de las apariencias, desconfiar de la opinión común y someter las cosas al juicio del entendimiento; no por casualidad llama «crisis juiciosa» al juicio profundo que distingue los yerros de los aciertos. Feijoo recoge y amplía esa actitud en el Teatro crítico universal y las Cartas eruditas, trasladándola desde el desengaño barroco hacia el examen racional de las opiniones, los prejuicios, las supersticiones y las falsas autoridades. Así, mucho antes de que Kant hiciera de la Crítica el nombre de un sistema filosófico, la lengua española había hecho de criticar —discernir, separar, juzgar y someter a examen— una forma de ejercicio intelectual: Gracián la convirtió en arte del desengaño y Feijoo en instrumento de reforma del saber y de emancipación del juicio. No se trata de anticipar a Kant ni de negar la originalidad de su filosofía, sino de reconocer que la cultura crítica europea no nació enteramente en Königsberg: en español llevaba más de un siglo practicándose como una tradición de juicio independiente.

 

Conviene subrayar la distancia cronológica: Gracián publica El Criticón entre 1651 y 1657; Feijoo, el Teatro crítico universal desde 1726 y las Cartas eruditas desde 1742; Kant publica la Crítica de la razón pura recién en 1781. Hay, pues, más de un siglo de tradición crítica en lengua española antes de la primera «Crítica» kantiana. La crítica como ejercicio de discernimiento, examen y autonomía del juicio ya poseía en español una larga tradición intelectual.

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