
El 12 de mayo de 1859 se libró en Copiapó la batalla final de la Revolución Constituyente de 1859. Para ese momento de la historia, el comandante Pedro León Gallo había huido hacia Argentina y gran parte de los ricos mineros que inicialmente apoyaron el movimiento comenzaban a desembarcarse de la revolución.
Quedaba entonces al mando de las mermadas tropas del Ejército del Norte el joven Calderino José Sierra, quien no sólo debía defender la capital de la provincia de Atacama, sino también los ideales que daban sentido a la rebelión: un Estado laico, educación y salud para el pueblo, mayor participación de las comunas en la toma de decisiones y el fin del centralismo asfixiante impuesto desde Santiago por la constitución de 1833.
Atrincherados en la Plaza de Armas de Copiapó, los últimos revolucionarios resistieron el avance de las fuerzas gobiernistas, ampliamente superiores en número y recursos. La derrota era inevitable, pero aun así combatieron hasta el límite de sus fuerzas. La mayoría de los últimos rebeldes fueron capturados, juzgados, y muchos de ellos asesinados como así lo atestigua los archivos investigado en Santiago. Sin embargo, no ocurrió lo mismo con el Intendente José Sierra, quien logró escapar y perderse en los laberintos siempre difusos de la historia, convirtiéndose casi en una figura legendaria de la resistencia atacameña.
Aunque los constituyentes fueron derrotados militarmente, la Revolución de 1859 dejó una huella profunda en Chile. Pese a la derrota, contribuyeron decisivamente al cambio del eje político nacional: el dominio conservador y de los nacionales decayó, serán los liberales quienes asuman la conducción política del país.
Así, la revolución derrotada en las calles de Copiapó terminó influyendo en la transformación política de Chile. Quizás allí reside una de las grandes paradojas de la historia: a veces los vencidos en el campo de batalla terminan triunfando, lentamente, en el terreno de las ideas.


