
Se habla poco de la Historia como una herramienta humana de participación y critica porque resulta incómodo para las elites. Algunas buscan reducirla a un archivo inofensivo, a una fecha descontextualizada, o usarla como trofeo añejo y erudito, antes de comprender, de asumir su capacidad y obligación de interpelar al poder.
Mientras las redes sociales, la televisión, los periódicos serviles, incluso la formación inicial de profesores, o su enseñanza en los sistemas educativos, la restringe a una especie de “espectáculo” , que impone relatos entretenidos, que determina una enseñanza y aprendizaje vacíos, que distorsionan y maquillan la realidad, como también anestesian la conciencia pública y política de la sociedad, de esta forma la Historia es empujada al margen, por intereses de las y los siúticos, por las oligarquías, y como nos ocurre últimamente por los snob en regiones, que caen embobados ante las nuevas modas. Pero este encanto no es pertinente, es nocivo para el crecimiento y desarrollo de la conciencia y la participación de un territorio y de las comunidades.
La Historia no es neutral, ni menos decorativa: es una arquitectura política indispensable para proteger la memoria y la dignidad humana. Narrar el pasado no es un ejercicio académico ni una nostalgia estéril; es un acto ético valiente, de resistencia frente al olvido y la manipulación del presente. Contar lo ocurrido es recuperar la conciencia, es luchar por la vida colectiva, y disputar, aquí y ahora, con el apoyo crítico de Clío, el sentido de los futuros posibles, mejores y más justos para el ser humano.
