¿De qué sirve una región más rica si sus ciudades no mejoran? (Carlos Aguirre Barraza, Consejero Regional y Presidente de la Comisión de Desarrollo Regional de la CChC Atacama)

 

La visita del destacado arquitecto Alejandro Aravena a Copiapó nos dejó una reflexión que merece especial atención: el desarrollo de una región no puede medirse únicamente por su crecimiento económico, sino también por la calidad de las ciudades que construimos y las oportunidades que ofrecemos a quienes las habitan.

En ese sentido, valoramos especialmente que una empresa minera como Gold Fields haya impulsado la segunda edición de Visión Atacama, denominada “La ciudad como motor de desarrollo”. Esta iniciativa permitió instalar una conversación fundamental para el futuro regional: cómo aprovechar el potencial de nuestra principal actividad productiva para impulsar la infraestructura y el desarrollo urbano que Atacama necesita.

Durante su exposición, Alejandro Aravena planteó una idea especialmente pertinente: una buena ciudad no tiene por qué ser solamente consecuencia de la riqueza, sino que también puede contribuir a generarla. Una reflexión que nos invita a mirar más allá de las inversiones anunciadas y preguntarnos cómo estas pueden transformarse en bienestar para las personas.

Atacama enfrenta una oportunidad significativa. Según antecedentes de la CChC, basados en el catastro de la Corporación de Bienes de Capital, el gasto privado en construcción de sectores productivos proyectado para 2026 alcanza los US$646 millones, concentrado principalmente en energía y minería. Estas perspectivas son positivas para nuestra economía, pero representan también una responsabilidad: procurar que ese dinamismo se refleje en mejores condiciones de vida para nuestros habitantes.

No podemos conformarnos únicamente con que las inversiones contribuyan al crecimiento del Producto Interno Bruto regional. Necesitamos que ese crecimiento se traduzca en infraestructura, conectividad, equipamientos y espacios públicos que permitan reducir nuestras brechas urbanas y acercarnos a los estándares de calidad de vida de otras regiones del país.

Un ejemplo concreto es la situación habitacional. Según el Balance de Vivienda 2025 de la Cámara Chilena de la Construcción, Atacama registra 15.799 requerimientos habitacionales, de los cuales 9.241 corresponden a hogares vulnerables. Estas cifras evidencian que todavía enfrentamos desafíos importantes para garantizar el acceso a viviendas adecuadas.

Sin embargo, construir más viviendas no es suficiente. También debemos preocuparnos de su ubicación, su conexión con los servicios y las oportunidades que ofrecen los barrios. Una ciudad que crece sin planificación puede terminar profundizando desigualdades, incluso en un escenario de expansión económica.

El Parque Kaukari representa un ejemplo de cómo la infraestructura puede contribuir simultáneamente a resolver distintas necesidades, integrando obras hidráulicas, recuperación del río y espacios públicos para la comunidad. Esta mirada se relaciona directamente con nuestra misión como gremio de contribuir a mejorar la calidad de vida de las personas. Como destacó Aravena, debemos avanzar hacia soluciones integrales, capaces de responder a diversos desafíos urbanos y generar beneficios concretos para sus habitantes.

Para lograrlo, resulta fundamental fortalecer la planificación territorial y, especialmente, la coordinación entre el sector público, las empresas, la academia y la sociedad civil. Las transformaciones que nuestras ciudades requieren trascienden los ciclos económicos y políticos, por lo que necesitan acuerdos y una visión compartida de largo plazo.

Desde la CChC Atacama, nuestra misión de mejorar la calidad de vida de las personas nos compromete a contribuir activamente a este desafío. Como gremio, buscamos aportar información técnica, identificar brechas y promover propuestas que permitan transformar las oportunidades de inversión en proyectos que respondan a las necesidades reales de nuestro territorio.

La visita de Alejandro Aravena nos dejó una oportunidad que sería un error desperdiciar. Gold Fields hizo bien al abrir una conversación que vincula la minería con el futuro de nuestras ciudades. Sin embargo, el siguiente paso no puede limitarse a nuevos encuentros o reflexiones sobre problemas que conocemos. Debemos avanzar hacia acuerdos, compromisos verificables y proyectos concretos que permitan mejorar nuestra infraestructura y calidad de vida.

Este esfuerzo debe incorporar, necesariamente, la participación de quienes habitan Atacama. Porque el futuro de nuestra región no puede definirse solamente desde las instituciones o los sectores productivos. Son los propios habitantes del territorio quienes deben tener un papel protagónico en decidir qué región queremos construir, cuáles serán nuestras prioridades y cómo aspiramos a desarrollarnos.

En los próximos años podremos medir cuánta inversión minera llegó a Atacama y cuánto creció nuestra economía. Pero el verdadero desafío será comprobar si ese crecimiento permitió reducir el déficit habitacional, mejorar nuestra infraestructura y construir ciudades más integradas, conectadas y con mayores oportunidades.

Porque el desarrollo regional no consiste solamente en generar riqueza, sino en lograr que esa riqueza se transforme en mejores condiciones de vida. Ese es el desafío que tenemos por delante y la oportunidad que Atacama no puede dejar pasar.

 

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