Que nadie muera en la calle ( Por Liliana Cortés, directora social del Hogar de Cristo)

 

En estos húmedos y gélidos días, vuelve una pregunta que escuchamos con frecuencia: ¿por qué hay personas que prefieren quedarse en la calle antes que ir a un albergue?

La respuesta no cabe en una frase. Nadie elige dormir bajo la lluvia por comodidad. Muchas veces, quien rechaza un albergue no está rechazando ayuda. Está intentando no perder el último espacio que siente suyo, el lugar donde guarda sus escasas pertenencias, donde conoce el entorno y donde todavía conserva una mínima sensación de control sobre su vida. Otras veces pesan experiencias traumáticas, problemas de salud mental, consumo, miedo, desconfianza o la dificultad para convivir en espacios colectivos.

Comprender esa realidad no significa justificarla. Significa intervenir con inteligencia, humanidad y perseverancia. Por eso resulta injusto descalificar las Rutas Calle o el Código Azul calificándolos como respuestas asistencialistas. Quienes trabajamos en terreno sabemos que no son la solución definitiva. Nunca lo han pretendido ser.

Una taza de café caliente no termina con la situación de calle. Una frazada tampoco. Un par de zapatos secos no reemplaza una política habitacional. Pero cuando una persona lleva horas bajo la lluvia, cuando una enfermedad respiratoria se agrava, esos gestos pueden marcar la diferencia entre vivir o morir.

Y algo más importante: las Rutas Calle permiten encontrar a quienes nadie más ve. Permiten evaluar su estado de salud, detectar situaciones críticas, ofrecer atención médica, insistir una y otra vez en la posibilidad de trasladarse a un lugar protegido y, sobre todo, construir confianza. La confianza no aparece de un día para otro. Se construye después de muchos encuentros, de muchas conversaciones, de muchas negativas. Hay personas que aceptan ayuda recién después del décimo o vigésimo contacto.

Si nadie hubiera vuelto, probablemente hoy no estarían vivas.

La emergencia no demuestra que las respuestas de corto plazo sean inútiles. Demuestra todo lo contrario: que son indispensables para proteger la vida cuando el riesgo es extremo.

Pero también demuestra algo que no podemos seguir ignorando: no basta con administrar cada invierno. La verdadera salida exige cambiar el paradigma.

La evidencia internacional y la experiencia que hemos acumulado en el Hogar de Cristo muestran con claridad que programas integrales como Vivienda Primero ofrecen una respuesta mucho más efectiva. Su lógica es simple y humana: primero asegurar una vivienda digna y estable; desde ahí, acompañar a la persona en salud física y mental, tratamiento cuando se requiere, reconstrucción de vínculos familiares, acceso a ingresos y reinserción comunitaria.

Durante demasiado tiempo hemos esperado que las personas resuelvan todos sus problemas para recién acceder a un hogar. Vivienda Primero propone exactamente lo contrario: que el hogar sea el punto de partida para comenzar a resolverlos.

La emergencia climática nos está dejando una lección que sería imperdonable desaprovechar. Nos recuerda que proteger la vida requiere actuar con rapidez, pero también con visión de futuro. Necesitamos seguir fortaleciendo albergues, Rutas Calle y el Código Azul, porque hoy salvan vidas. Pero, al mismo tiempo, necesitamos invertir con mucha mayor decisión en soluciones permanentes que permitan que esas mismas personas nunca más vuelvan a depender de una alerta por bajas temperaturas para sobrevivir.

No queremos muertes por hipotermia. Ese debiera ser un mínimo ético. Pero tampoco queremos acostumbrarnos a contar cada invierno cuántas vidas logramos salvar de una tragedia anunciada. Nuestro desafío es mucho más ambicioso y justo: que ninguna persona tenga que vivir en la calle y que, por lo mismo, nadie vuelva a morir en ella.

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