
Vivimos en un mundo profundamente individualista, en el que Chile y Atacama, por cierto, están plenamente insertos. Un mundo donde el éxito, muchas veces, parece medirse por la capacidad de imponerse sobre los demás y donde el ganar, casi a cualquier precio, se ha convertido en un valor en sí mismo.
No resulta extraño, entonces, que asistamos diariamente a diversas manifestaciones de violencia, arrogancia, avaricia, mentira, envidia, prepotencia y descaro. Este último alcanza, en ocasiones, dimensiones que parecen difíciles de creer: hemos llegado incluso a escuchar aquello de “Yo de esto no sé nada, pero de gestión sé mucho”, pronunciado con una tranquilidad que pareciera excluir toda posibilidad de autocrítica. Y así, sin una pizca de vergüenza, algunos continúan desfachatadamente su camino, como si reconocer la propia ignorancia o admitir un error fuese una señal de debilidad y no, precisamente, una oportunidad para aprender.
A todo ello se suma, quizás, una de las expresiones más preocupantes de nuestro tiempo: la ignorancia. No hablamos solamente de aquella que nace de no leer, de no estudiar o de desconocer determinados hechos, sino también de una ignorancia más profunda y peligrosa: la de no informarnos, la de no querer comprender, la de negarnos a escuchar otras perspectivas y, finalmente, la de creer que nuestra propia mirada basta para explicar el mundo. Porque cuando dejamos de cuestionarnos, dejamos también de aprender; y cuando creemos saberlo todo, incluso aquello que desconocemos, cerramos la puerta al conocimiento y al crecimiento personal.
Vivimos, muchas veces, como si los demás fueran obstáculos que debemos sortear para alcanzar nuestros propios objetivos; como si el éxito individual justificara cualquier medio y el interés personal estuviera siempre por encima del bien común. Es una lógica que encontramos, con particular fuerza, en algunos de los liderazgos políticos que hoy ocupan las portadas de los noticiarios, desde Donald Trump, Javier Milei o Bukele, hasta otros que parecen reivindicar una suerte de individualismo sin límites, donde la empatía, la solidaridad y la responsabilidad colectiva pasan a ocupar un lugar secundario.
Nos cuesta mirar al que tenemos al lado, reconocer sus necesidades y comprender que formamos parte de una comunidad. Y, sin embargo, una sociedad verdaderamente desarrollada no se mide únicamente por su crecimiento económico ni por la capacidad de algunos de sus individuos para alcanzar el éxito, sino también por su capacidad de cuidar, integrar y proteger a quienes la conforman. Hay momentos en que debemos ser capaces de dejar de lado una parte de nuestras expectativas individuales para construir algo que nos trascienda: una sociedad más justa, más humana y, en definitiva, más digna.
Todo ello resulta, en definitiva, contrario a una vida armónica y a un verdadero desarrollo humano. Los antiguos griegos comprendieron que la felicidad no podía reducirse a la acumulación de bienes, al poder o al éxito individual. Hablaron de ataraxia, esa búsqueda de serenidad y equilibrio interior que permitiera al ser humano vivir con mayor libertad frente a las pasiones, los excesos y las perturbaciones que lo rodeaban. Quizás hoy, en medio de una sociedad marcada por la prisa, la competencia y el individualismo, necesitemos recuperar algo de aquella antigua sabiduría: aprender a vivir no solamente para nosotros mismos, sino también con los demás.
Pero frente a esta realidad existe una herramienta fundamental: la educación en humanidad. Educarse no significa solamente acumular conocimientos. Significa también aprender humildad, desarrollar empatía y comprender que nuestra propia mirada no siempre es la correcta. Y aquí aparece uno de los aprendizajes más difíciles y, al mismo tiempo, más importantes de la vida: reconocer que no siempre tenemos la razón.
Reconocer que nos equivocamos exige una enorme dosis de grandeza y valentía. Significa aceptar que podemos haber actuado mal, que podemos haber juzgado equivocadamente, que nuestras palabras pudieron causar daño, que nuestras decisiones no fueron las mejores, o que simplemente había algo que no sabíamos.
A menudo, nuestra propia porfía nos impide crecer. Nos aferramos a nuestras posiciones incluso cuando los hechos demuestran que estamos equivocados. Preferimos defender nuestro orgullo antes que reconocer una equivocación. Y, paradójicamente, aquello que creemos que nos hace fuertes termina convirtiéndose en una de nuestras mayores debilidades.
Cabe entonces preguntarse: ¿por qué nos cuesta tanto reconocer nuestros errores?
La respuesta probablemente sea distinta para cada persona. Requiere introspección, honestidad y, sobre todo, la capacidad de mirarnos a nosotros mismos con la misma severidad con que juzgamos a los demás.
Pero también debemos reconocer que vivimos en una cultura que muchas veces ha convertido la confrontación en una virtud. Se nos ha enseñado que debemos ser «frontales», que hay que «decir las cosas como son», que no debemos tener «pelos en la lengua». Sin embargo, ser directo no necesariamente significa ser agresivo; decir lo que pensamos no nos exime de respetar al otro; y tener carácter no significa carecer de humildad, tener carácter, es tener buen carácter.
La verdadera fortaleza no consiste en imponerse siempre.
La verdadera fortaleza también consiste en saber detenerse, escuchar y decir: me equivoqué.
Cuando nos negamos a reconocer nuestros errores, nos privamos de una de las mayores posibilidades de aprendizaje que nos ofrece la vida: aprender de nuestras propias equivocaciones.
No tener la razón puede ser extraordinariamente valioso.
Porque cuando descubrimos que estábamos equivocados, se abre ante nosotros una posibilidad nueva: conocer, comprender, aprender y crecer.
Nuestra propia historia —personal y colectiva— está llena de aciertos y errores. Si somos capaces de mirarla con honestidad, podemos convertir nuestras equivocaciones en conocimiento y nuestras experiencias en sabiduría. Por eso, reconocer un error no debería ser entendido como una derrota. Es un acto de inteligencia y es también un acto de humanidad y, muchas veces, de valentía. Quizás allí encontremos uno de los caminos para construir relaciones más cordiales, sociedades más humanas y personas capaces de aprender durante toda su vida.
