
En la mitología griega, Ares —el dios de la guerra— era detestado incluso por los propios dioses del Olimpo. Zeus lo describía como irascible, violento y sediento de sangre. Provocador por naturaleza, Ares era padre de Deimos (el terror) y Fobos (el miedo), símbolos que acompañaban cada uno de sus combates. Las crónicas lo retratan como un fanático de la violencia, incapaz de medir consecuencias, y finalmente derrotado no por la fuerza bruta, sino por la inteligencia: Atenea lo venció en la guerra de Troya, y Hércules demostró que la humanidad podía imponerse a la violencia desatada.
Esa figura mitológica parece hoy reaparecer, encarnada en nuevas formas de poder militar y geopolítico.
El 3 de enero de 2026, un operativo de fuerzas militares de élite sacó por la fuerza al presidente venezolano Nicolás Maduro de su residencia y lo trasladó a Estados Unidos en calidad de prisionero, junto a su esposa. Según reportes del New York Times, la operación dejó un saldo de más de 80 personas fallecidas y confirmó la presencia de alrededor de 200 soldados estadounidenses en territorio venezolano. Con este hecho, la guerra —una vez más— regresó trágica y abiertamente a Sudamérica.
Lejos de ser un episodio aislado, la historia latinoamericana muestra que este tipo de intervenciones forman parte de una larga y dolorosa continuidad.
El 31 de marzo de 1964, Estados Unidos apoyó activamente el derrocamiento del presidente brasileño João Goulart, dando inicio a una dictadura militar que se prolongó por más de dos décadas. En Chile, el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 contó con respaldo político, económico y estratégico de la CIA, contribuyendo al derrocamiento del gobierno democrático de Salvador Allende y a una de las dictaduras más sangrientas del Cono Sur.
El 25 de octubre de 1983, tropas estadounidenses invadieron la isla de Granada, derrocando al presidente Maurice Bishop. Más tarde, el 19 de diciembre de 1989, cerca de 24 mil soldados ingresaron a Panamá para capturar al dictador Manuel Noriega, antiguo colaborador e informante de la propia CIA. La invasión dejó cientos —y según diversas fuentes, miles— de civiles muertos.
Estos hechos podrían multiplicarse si se retrocede aún más en el tiempo, desde la Doctrina Monroe de 1823 hasta las innumerables operaciones encubiertas, bloqueos económicos y golpes de Estado promovidos o respaldados por Washington en la región.
La historia parece insistir en una constante: América Latina como escenario recurrente del dios de la guerra. Un Ares moderno que, una y otra vez, impone el terror y el miedo, mientras la inteligencia, la soberanía y la autodeterminación de los pueblos siguen esperando —como en la antigua mitología— imponerse finalmente sobre la violencia.
Pero la fanfarronería no conoce pausas. Ha amenazado al presidente colombiano, democráticamente electo, Gustavo Petro, sugiriendo salidas violentas dignas de otros tiempos; ha propuesto que Canadá —soberano desde 1867— sea absorbido como un estado más de la Unión; ha anunciado que “recuperará” el Canal de Panamá, como si la geografía admitiera devoluciones; sus deseos sobre sobre Cuba, son casi obscenos y, no satisfecho con ello, ha coqueteado con la idea de anexarse Groenlandia, territorio que, inconvenientemente, pertenece a Dinamarca.
En suma, este flamante dios de la guerra parece ignorar la autodeterminación de los pueblos y tratar el derecho internacional como una nota al pie prescindible. Tal vez su mayor aporte a la humanidad sea su notoria falta de erudición: de saber que el Código de Hammurabi —uno de los primeros intentos de poner límites al poder— descansa en el museo del Louvre, o que el derecho internacional moderno nació en las aulas de la Universidad de Salamanca en España con Francisco de Vitoria, quizá ya estaríamos esperando un “operativo de liberación” sobre París o Salamanca. Por ahora, la historia puede respirar tranquila… aunque no demasiado.
