
En 1832, el descubrimiento del rico yacimiento de plata de Chañarcillo, al sur de Copiapó, desencadenó un auge de la minería de la plata que transformó la economía de la provincia de Atacama y convirtió a Copiapó en un importante centro comercial y de servicios mineros, pero también evidenció que Chile tenía riqueza mineral sin contar todavía con suficientes profesionales preparados para transformarla en desarrollo. La respuesta llegó en 1857, con la fundación de la Escuela de Minas de Copiapó, institución pionera en la formación minera en Chile y Latinoamérica. Su creación contribuyó a consolidar y descentralizar la enseñanza minera en Chile, una tradición que posteriormente se extendió mediante nuevas escuelas de minas. En 1887 se fundó la Escuela Práctica de Minería de La Serena y, hacia fines del siglo XIX, ya existían centros de enseñanza minera en Copiapó, La Serena y Santiago. Se configuró así una tradición formativa que ha sido crucial para el desarrollo del sector hasta hoy.
Casi 170 años después, la formación de talento frente a los desafíos de la minería sigue siendo una necesidad estratégica. En 2025, el sector representó el 13,1% del PIB nacional y la cartera de inversiones mineras proyectada para 2025–2034 alcanzó los US$104.549 millones, el mayor nivel en más de una década. Pero el desafío no es solo ejecutar proyectos: es hacerlo con mayor eficiencia, seguridad y sostenibilidad, en un escenario de creciente complejidad técnica, ambiental y social.
Las operaciones mineras avanzan hacia una mayor digitalización, automatización y conectividad. Desde la exploración hasta la exportación, los datos, el monitoreo remoto, la inteligencia artificial y los sistemas autónomos están cambiando la forma de operar y de tomar decisiones. Sin embargo, la transformación no consiste simplemente en incorporar tecnología: exige comprender el proceso, interpretar información incompleta y decidir con criterio frente a problemas reales.
El perfil que la industria requiere ha cambiado en consecuencia. La nueva ingeniería minera exige dominio disciplinar, capacidad de análisis de datos, pensamiento sistémico y adaptación a entornos de alta complejidad tecnológica. También requiere integrar variables que antes se analizaban por separado: mineralogía, recuperación, agua, energía, emisiones, residuos, seguridad y relación con los territorios. La sostenibilidad ya no puede ser un complemento del diseño; debe ser uno de sus criterios centrales.
Las universidades, centros de formación técnica e institutos profesionales han comenzado a responder, actualizando programas y metodologías y acercando a los estudiantes a problemas reales de la industria. Pero actualizar contenidos no basta, se necesita una formación que permita experimentar, equivocarse, contrastar alternativas y justificar decisiones; una formación conectada con laboratorios, terreno y operaciones, y capaz de reunir disciplinas que todavía suelen enseñarse de manera aislada.
Esa articulación entre academia e industria permite reducir la distancia entre la sala de clases y la operación y es indispensable para atraer nuevos talentos. La minería chilena requerirá casi 37.000 nuevos trabajadores al 2034, en una fuerza laboral cada vez más tecnologizada, especializada y diversa. Mostrar a las nuevas generaciones que en minería pueden aportar a la innovación, la transición energética y el desarrollo sostenible es parte del desafío.
La historia de la Escuela de Minas de Copiapó enseña que Chile ha sabido responder a sus grandes desafíos con visión de largo plazo y trabajo coordinado. La minería del siglo XXI exige nuevamente esa capacidad.
El desafío de la industria y de espacios de articulación como la red Compromiso Minero es atraer talento, generar oportunidades de desarrollo permanente y fortalecer el vínculo entre quienes forman y quienes operan. Hace casi 170 años, Chile respondió a la falta de profesionales creando una escuela. Hoy debe responder formando una nueva generación de ingenieros e ingenieras para una minería que también está cambiando.
